Simón


Caminando muy despacio
bajo el Sol ardiente va.
Su camisa son harapos
y su cama un sucio portal.

Vive de las propinas
que la indiferencia da,
en la vacía esquina
al lado de la catedral.

Su pelo sin peinar
y su triste mirada
no se pueden ver...
¡desde un sexto ce!

Cuentan que estando
un día en la acera
vio la luz al final
de la cruel carretera.

Cruzó la calle entera
y llegó a la puerta
de un Mercedes gris.
Entró y se sentó ahí.

Estaba el alcalde
un obispo, un concejal.
Con fresco aire
y un buen coñac.

Nadie supo qué decir,
y entonces Simón
rompió a hablar:

Yo soy el pobre de la catedral
el que os ve pasar cada día.
Estáis de lujo en vuestro hogar
con un buen sueldo y buena vida.

Y si yo muero de hambre ¿qué más da?
Vosotros podréis comer en plato de plata,
mientras, yo mendigo las sobras del bar
y duermo en un helado nido de ratas.

Tú, eres el alcalde, escoria de la sociedad,
vendes palabras y compras voluntad,
nunca das nada a cambio, salvo propaganda.
Es tan pobre tu espíritu como tu alma.

Tú, eres el obispo, lacra de la esperanza,
vendes fe y amor, y sólo a ti ayudarás.
Mereces ir al infierno ese del que huyes
pues no haces más que ir hacia sus nubes.

Tú, concejal, eres el rey de los cobardes,
a la sombra de todos, te enriqueces,
engañando a gobernantes y súbditos
para poder tus vicios sucios pagarte.

Yo soy el pobre de la catedral,
antiguo dueño de la ciudad,
os coloqué a todos donde estáis,
y espero que lentamente os pudráis.

Yo era Simón,
y soy Pedro.
Más corazón,
menos dinero.

Pedro se bajó del coche,
y nunca más se le vio.
Dicen que predica amor
donde siempre es de noche.